miércoles, 16 de julio de 2008

POSTALES DESDE EL INFIERNO

NOTA de The M+G+R Foundation: Ahora que la Casa Blanca está enfocando sus miras en Iran, pensamos que es el momento apropiado para publicar "Postales desde el infierno".

Si es usted tan amable me gustaría robarle unos minutos para contarle una historia de Horror. Los hechos que me propongo relatarle tuvieron lugar hace sesenta años, pero no sería muy aventurado pensar que bien podrían repetirse dentro de, pongamos, sesenta días. Tomo los datos prestados de ese gran biógrafo de la memoria secreta de Europa, WG. Sebald, que reflexiona sobre éste y otros temas de actualidad escalofriante en su último libro publicado a título póstumo: Sobre Ia historia natural de la destrucción.

Es la madrugada del 27 de julio de 1942 y volamos a bordo de uno de los incontables bombarderos de la RAF suspendidos sobre los cielos de la ciudad de Hamburgo. Nuestra misión, nos han comunicado nuestros superiores con esa claridad moral y solemne gravedad que confiere el mover las piezas desde lejos, lleva el sonoro nombre de Operación Gomorra y con siste en precipitar una apocalíptica catarata de diez mil toneladas de bombas incendiarias sobre una serie de barriadas abarrotadas de pobla ción civil que, si no se ha despertado todavía, está a punto de hacerlo.

Las compuertas de la bo dega se abren. Descendemos en picado cabalgando sobre una de esas bombas, la primera entre miles y miles que lloverán del cielo du rante las próximas horas. Si está usted acos tumbrado a ver bombardeos en forma de luces de colores en un monitor en verde cortesía de CNN, tal vez le interesen los detalles técnicos de esas fosforescencias.

Lo primero en volar, literalmente, son las ventanas y las puertas. Cien tos de miles a un tiempo en toda la ciudad, pul verizadas en un tornado de cristal y astillas. Se gundos más tarde los techos de manzanas enteras prenden en llamas mientras las bom bas de más tonelaje taladran las estructuras y apuñalan los sótanos para inundarlos de fuego. En cuestión de minutos un área de unos vein te kilómetros cuadrados infestada de seres hu manos que hasta hace segundos estaban tra tando de conciliar el sueño se transforma en un océano de llamas de unos dos kilómetros de altura.

Lo que sucede a continuación es un fenómeno de física elemental que recibe el nombre de "tormenta de fuego". Ese bosque vertical de llamas de dos mil metros que cubre el horizonte crea un efecto de succión de oxí geno de tal magnitud que corrientes de aire de fuerza equivalente o superior a un huracán se lanzan como gigantescas serpientes de com bustible sobre la ciudad. Esta pira infernal crece y crece durante unas tres horas. Agujas y cú pulas de catedrales vuelan por los aires. Coches, tranvías, barcazas y centenares de personas son arrastradas y atomizadas por las corrientes hu racanadas de llamas. Un maremoto de fuego avanza destrozando completamente todo cuan to encuentra en su camino a una velocidad de unos 150 kilómetros por hora. A su paso ape nas quedan las fachadas ennegrecidas de edifi cios huecos, esqueletos carbonizados de lo que minutos atrás era una suntuosa metrópolis. Los escasos supervivientes que tratan de huir se hun den lentamente en un lago de alquitrán can dente cuando el asfalto bajo sus pies se funde.

Nadie sabe cuántos han muerto o cuán tos van a morir antes del alba. No hay modo de contarlos y los pocos que quedan con vida enloquecen y reniegan de su papel de testigos. Una eternidad más tarde ama nece sin sol bajo una columna de humo impe netrable de ocho kilómetros de altura. Las calles están sembradas de cuerpos deformados que aún exhalan llamas azules. Fuentes y canales quedan anegados por cadáveres cocidos. Char cos de grasa humana arden entre los escombros. El silencio es ensordecedor. La gran mayoría simplemente se ha evaporado, del mundo y de la memoria. Le decía antes que esta era una his toria de Horror. Por eso no tiene moraleja.

En las páginas de Doctor Faustus Thomas Mann resume magistralmente la esen cia de la guerra al describir cómo las ra tas, esas eternas vencedoras de todas las con tiendas, engordan cebándose en la infinita tundra de cadáveres que teje las ruinas de un mundo transformado en necrópolis. Hace ape nas unos días el Pentágono hacia un primer pe dido de 16.000 bolsas de plástico negro, modernos sudarios de alta tecnología destinados a transportar los cuerpos, o lo que quede de ellos, de otros tantos soldados en lo que tal vez sean los primeros días, o minutos, de la batalla en cier nes. Probablemente ninguno de los futuros ocu pantes de esos sarcófagos de vinilo ha oído ha blar de la destrucción de Hamburgo en 1943 y menos aún se sienten tentados por escuchar lo que W.G. Sebald tiene que decirnos al respecto. Los expertos ya han decidido por ellos y por nosotros. Tal vez por eso las historias de Ho rror están condenadas a repetirse una y otra vez. Porque, al haber tantas, no nos damos cuenta de que es siempre la misma.

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